
Hace aproximadamente 57 años, 1 de cada 5 personas en el planeta —en un mundo con mucha menos tecnología y población que la actual— tuvo los ojos pegados a una pantalla para ver el alunizaje del Apolo 11. Hoy, con la misión Artemis de la NASA de regreso a la Luna, la pregunta obligada es: ¿dónde está esa atención colectiva?
No sé si es solo percepción mía, pero pienso que esta vez el mundo no está mirando.
El contexto que lo cambió todo: 1969 vs. hoy
En 1969, quien tenía televisor estaba pegado a él. La Guerra Fría hacía de la carrera espacial un asunto de orgullo nacional y geopolítica global. El presidente John F. Kennedy había lanzado el desafío públicamente, y llegar a la Luna era cumplir esa promesa ante el mundo. Era un evento único, sin precedentes, y los medios de comunicación —concentrados en la TV— canalizaban toda la atención hacia un solo punto.
Hoy es estructuralmente distinto.
La infocracia: el concepto que explica todo
El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han acuñó el término infocracia para describir exactamente este fenómeno: el exceso de información no nos hace más libres, nos hace más dispersos. Los algoritmos de las redes sociales y YouTube no nos muestran lo que es importante, sino lo que previamente dijimos que nos “gusta”. La TV ha perdido casi toda su influencia, y los periódicos, aunque existen, son ahora reactivos a lo que ocurre en las redes sociales.
¿Somos más independientes en lo que elegimos ver? En realidad, no. La sobreabundancia de información, paradójicamente, nos polariza y nos encierra en burbujas que dificultan el pensamiento alternativo y la curiosidad genuina.
Tres razones por las que la misión lunar ya no genera el mismo asombro
1. Ya no es “la primera vez” China ya ha enviado sondas no tripuladas a la Luna y tiene como objetivo una misión tripulada para 2030. El factor novedad —motor fundamental del asombro humano— se diluye con cada misión adicional.
2. Las teorías de conspiración erosionan la credibilidad Las teorías que niegan el alunizaje del Apolo 11 han crecido sostenidamente, y con ellas el escepticismo hacia cualquier misión lunar. Lo que debería celebrarse como un logro científico de la humanidad queda opacado por la desinformación y los fake news que circulan sin fricción en redes sociales.
3. La fragmentación total de la atención En 1969 había un solo canal. Hoy compiten por nuestra atención miles de contenidos simultáneos, cada uno optimizado para el clic inmediato. La ciencia espacial, por su naturaleza, no compite bien en ese formato.
Entonces, ¿qué esperanza tenemos?
La respuesta está en el liderazgo y en el mercadeo de ideas. La forma en que los líderes mundiales —políticos, científicos, creadores de contenido— priorizan y comunican la ciencia y la tecnología frente a la guerra y la crisis inmediata, define la realidad colectiva que construimos.
Nuestra percepción del mundo se forma a partir de las historias que nos cuentan y las que nos contamos a nosotros mismos. Recuperar el hábito de soñar en grande —y actuar desde esos sueños— es lo que puede volver a unir a la humanidad alrededor de logros colectivos que realmente nos merecemos.
La Luna sigue ahí. La pregunta es si volveremos a mirarla juntos.
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